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Paco Casal Castro
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La pesca del calamar tiene en su sencillez, el atractivo de poder charlar sin estar concentrado en el posible enganche del apetitoso cefalópodo, y así fue, charlando con Manuel, pescador del hermoso pueblo de Cariño, mientras esperábamos que entrase el calamar, como me enteré de lo que acaeció en la piedra grande y las dos piedras pequeñas que la escoltan y a las que llaman las hormigas.
-Manuel, hoy la piedra grande está imponente, las hormigas se distinguen cuando pasa la ola, cosa que no es frecuente....- Malas piedras son esas, - Me interrumpió lacónico, sin apartar la vista de la piedra grande - son varias las embarcaciones que han dado de quilla o de costado con alguna de las hormigas y la maldita piedra grande resbala como hecha de hielo y no hay quien se agarre a ella. El agua aquí está muy fría y no das llegado a tierra, mal asunto irse por la borda en esta zona. - Acaso ¿ ocurrió algo aquí?. -Varias desgracias, pero la que más me dolió fue la de la Luisa, mujer de Antón, yo navegué con él cuando andábamos embarcados en Gran Sol, y no conocí otro igual de buena persona y hombre de honor donde los haya. Hacía una semana que muriera el bueno de Antón, ¡ mal demonio se lleve a la mierda del cáncer ! , cuando su viuda, le pidió a su hijo Miguel, por aquél entonces un mozo de dieciocho años y que hoy ya es un hombretón casado y con hijos, que la trajese en el bote para echar las cenizas de su marido en este lugar. El bote era pequeño y lo usaba el chaval para tirar de vez en cuando alguna nasa y ganarse unas pesetas, aquel bote no era para venir hasta aquí, pero claro, ya se sabe.
El muchacho se acercó demasiado a las piedras y una ola cogió el bote y lo lanzó en champa contra esa hormiga. Del golpe cayeron los dos al agua, el bote dio quilla al sol. Miguel, consiguió subir al maltrecho esquife que aun flotaba pero a Luisa una ola se la llevó cerca de la piedra grande. La escena la vió entera un naseiro que andaba por aquél lado trabajando, y puso proa al lugar para dar auxilio. Llegó en el momento que Miguel iba a lanzarse al agua pero los gritos del naseiro lo impidieron, con buen criterio, pués la desgracia seguro que hubiera sido mayor, Luisa tenía asida la urna con las cenizas de su marido en un brazo y con el otro intentaba subir a la piedra grande, rompiéndose las uñas, pero nada, la maldita piedra no se dejó agarrar y en un segundo, otra ola la tapo y nunca más se supo.
- Ya, no pescábamos y Manuel se quedó mirando la piedra grande. Le pregunté: -¿Recuperaron el cuerpo?.
- ¡Que va! y mira que anduvieron los buzos de marina tiempo y tiempo rastreando la zona. -O sea ¿ que lo que quede de ella estará por aquí abajo?.
-No Hombre, no, ya se lo dije a los de marina cuando andaban venga a buscar; A la Luisa, se la llevo Antón para su lado, bueno era él, como para dejar a su mujer sola y que se la comieran los peces.
La tarde no dió para mucho más, cogimos una docena de calamares que nos prepararon en la Casa del Mar, los acompañamos con una botella de Ribeiro y así cenamos. A los postres se añadieron dos lugareños con los que hubo, tute y una buena tertulia, en la que incluso se habló de política, pero de la Luisa, nunca más.
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