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Miguel Marqués
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Al entrar en mi cuarto, me he dado cuenta de que ésta es una de esas noches. Entre párrafo y párrafo de Rossi he caído en la convicción de que, como yo, todo el mundo, tras las paredes, en sus camas solitarias o cálidas, todos están despiertos. Son más de las tres y media; me incorporo. ¡Ésas noches! La de hoy es extremadamente compleja. Si fuera noche de domingo, me arrebujaría entre mis sábanas, quizá leería a Rossi por algunas páginas y por fin, preguntándome por qué el insomnio me visita siempre el último día de la semana, me quedaría dormido.
Pero hoy es viernes -o ayer lo era- , y la noche se inquieta. Nadie duerme, en ningún sitio, estoy seguro. Hace calor en la calle -aunque estemos aún en abril-, una brisa resacosa y calentuja hornea la hierba y quema las banderas en sus mástiles, sus bordes ennegrecidos, como los pétalos de hibiscus chamuscados por el poniente en Almería.
Hélène siempre duerme a partir de medianoche; hoy, a las dos y media mantenía aún con Arafa una acalorada discusión sobre gramática francesa. El equipo de fútbol americano deambulaba, alguien tecleaba en la sala de ordenadores, una chica rubia cruza de esquina a esquina, anda sola, tiene calor y ningún miedo a la noche. Ace y Gerardo, fuman marihuana en algún sofá recóndito, eso por seguro. Me levanto y me acerco a la ventana. Emily grita a alguien desde la calzada. Curran tampoco está, su habitación muda.
Nadie duerme. En la calle el calor es un intruso, fuera de lugar, a malas horas. Si cierro los ojos, probablemente me engañe: sería fácil imaginar que es de día y que estoy en la playa de las salinas, la bahía enfrente y los ásperos y sinceros volcanes detrás. Pero la brisa aquí huele a negro, a madera y a animales. Noche indiaria en Iowa. Las nubes se resbalan bajo la luna llena. Sigo en la cama, la luna la veo por los cristales, y oigo las banderas entrechocar contra sus mástiles. Nadie puede dormir, ni siquiera los que se acunan en los recuerdos de la tierra o en los amores olvidados.
Si tuviera que elegir una noche para no dormir, ésta sería. Iría a bañarme al mar, bajaría a la playa con mi hermano, quizá viniera también mi padre o mi madre, y nadaríamos en la oscuridad, bajo las olas opacas como esta brisa, cálidas e inquietantes como esta brisa. Recuerdo que por San Juan, en Almería, me adentraba en el mar nocturno, hasta que dejaba atrás a mis amigos -pocas chicas se atrevían a perder pie en el agua negra- y entonces, solo, buceaba, intentaba tocar el fondo oscuro e inalcanzable. No sentía temor bajo el agua -sí desafío, o quizá inconsciencia-, pero al salir de nuevo a la superficie, volvía la cabeza como un loco, buscando la orilla, los gritos, el fuego chispeante y naranja. Y entonces nadaba hasta salir a la arena, exhausto y trastabillando, feliz de destrozarme los pies contra los cantos de la orilla en mi huida a casa, al fuego.
Esta noche todos miran alrededor: a su pareja dormida en la cama, al techo blanco, a la foto en la pared, a la luna tras la ventana, a la pantalla de una vieja lámpara, a la camiseta arrugada del Che que llevaron ese día. Recuerdan un número de teléfono, un nombre, el momento en que tomaron una fotografía, o el olor de otras sábanas. Esta noche brilla la luna, pero las resbaladizas nubes y la brisa caliente la borran, la hunden, la apagan. La luna se hiela. Lo que los insomnes buscamos es fuego, y gritos, y gente, y arena. Cuando nos quedemos dormidos, sonreiremos y nadaremos de vuelta.
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