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        Su Obra Maestra

      Jesús de Perceval (La Degollación de los Inocentes)

 

Esta obra es fundamental para entender el alma de Perceval. Es la obra de su vida. La realizó bien avanzada la década de los cuarenta. Aquellos años constituyen la fase más creadora y de mayor concentración espiritual en torno a la pintura. El Cuadro, expuesto en Madrid, alcanzó la óptima crítica de Eugenio D'ors, el puntero más sobresaliente de aquella etapa de la crítica española. El cuadro resulta una lección formidablemente gráfica para desarrollar los puntos más estables de su posición cultural y su actitud estética. Dentro del inmenso oleaje de cambios y derivaciones, que increíblemente gesticulan en los movimientos actuales de pintura, Perceval definía siempre una posición humanizada del arte. Nadie pudo traquetear su interés por el dibujo de base, su sensibilidad para la elegancia y distinción de la línea, y su razón equilibrada y armoniosa de la composición. Hasta los últimos desnudos, en gran formato, sus caprichosos dibujos a lápiz y la misma agitación interior que fondea el alma de sus «cabezas femeninas» ponen de relieve su particular talante clásico inspirado en el Renacimiento. El aparejo cultural y la misma idea cromática, renovada, dentro de un amplio escenario arquitectónico, tramado de mármoles y perspectivas, recuerdan las grandes composiciones de Rafael. Admiraba a Rafael. Lo dijo repetidas veces. Fue Eugenio D'ors quien puso de relieve esta filiación renacentista de Perceval en sus famosos «Giosarios». D'ors hablaba de las conexiones percevalianas con Miguel Angel. Pero Perceval, creo, se encontraba mejor situado en el primer Renacimiento cerca de Mantegna y Boticelli. Hablaba con singular fruición pictórica y humana, de la Simonetta Vespucci, en el «Nacimiento de Venus», de Boticelli y de «La Dominación de la Virgen», en el Museo del Prado, de Mantegna. Un canto, diremos, a la voluptuosida y al dibujo. Fue un creyente cristiano con ráfagas paganas como las gentes del Renacimiento. A un amigo, poeta conocido, le hacía esta recomendación: «cree, porque sin fe eres un cadáver».

Era un florentino de la época de los Médicis, en el que jugaba una buena dosis de la pequeña intriga y el gozo de vivir. Uno piensa que Filipo Lippi, Julio II y el mismísimo da Vinci y todo el retablo de «Academos», parecían taladrar el espacio y el tiempo, con las alforjas del Quattrocento, para hacer corro, como ángeles del barroco, en la Tertulia Indaliana. En aquellas largas sesiones, verdaderamente inolvidables, se derrochaban inciensos de Arabia y piropos de Andalucía, coronando la testa ingeniosa de Perceval. Un original producto de cuño almeriense.

Las expansiones postertulianas, mojadas por el dios Baco en las suaves noches de Almería, recuerdan que Perceval era el alma viva de esta época grande de un Renacimiento gozoso envarado en su enorme dimensión cultural.

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