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Perceval
"Familia del Pintor"
Un Mediterráneo puro
Tenía pasión de protagonismo en las aventuras culturales. En Perceval resultaba una sana ambición. Era distinto y actuante con la palabra.
Ávido, como un milano, para intuir ideas; desmoronaba montajes falsos y construía teorías. Era descaradamente crítico.
En esta era de dominios masivos, en la cumbre de la materia, Perceval representaba el modelo de un viejo patriarca, ocupado en los fueros de la cultura, patrimonio del espíritu sin la suerte de la ganancia. Nunca ocupó un cargo importante. Recuerdo que un día, atizado ya por la enfermedad, le dije, en un clima de amistad, que debía renunciar a sus pequeños egoísmos. Yo me refería a sus dominios en el mundo social del arte, que él había aparejado. Mi juicio, tal vez apresurado, le causó tristeza. Tenía razón. Ni el dinero, ni los poderes, ajenos al arte y la cultura, tenían vigencia en su perímetro vital. Sin pensar mucho en la elocuencia de este dato, habrá que decir que este humanista notable ha muerto con poco dinero.
Sus estructuras humanas y sociales eran muy simplificadas. Tenía vestigios de prehistoria, diseñados dentro de un formato social de tribu. Algo de esto tenían los indalianos. Por aquí andan las raíces del «Indalo». No es el «Indalo» una creación casual, gestada en un momento histórico, en el cruce de una serie de circunstancias propicias. El «Indalo» es el alma de Perceval. Yo dije siempre que era uno de los ejemplares vivientes más significativos de la cultura mediterránea, extrañamente anclado en la vieja Urci, el recorte costero más puro del occidente.
Hablaba mucho, pero sabía escuchar. Sus dominios intelectuales nacían de un clima de «asombro». Si algo estimulaba sus antenas interiores lo envolvía en un lenguaje de belleza o de misterio. Jamás, junto a Perceval, se originaba un diálogo, desde la frialdad de
premisas puras. Era un griego cabal. De ahí se organizaron sus ojos redondos, como mundos pequeños, y su labio caído, boquiabierto, arropado con el desastre anárquico de su bigote. Se
enbobaba como un místico, pero con vetas paganas. Era un independiente integral. Los presocráticos y el mismo Sócrates y Platón reverdecían en su figura original.
Sus tertulias de café, atizando ideas, eran rescoldos, en estos parajes, soleados y calientes, de los viejos periplos del Mediterráneo.
Bartolomé
Marín Dr.en Filosofía y Letras Miembro C.en la Real Academia de
Córdoba |
Los Orígenes
Cuando nacía el Movimiento Indaliano en la década de los cuarenta
(1945), muchas circunstancias se daban cita para crear una
situación nueva. La pintura, la creación literaria, la investigación
histórica y otros aspectos de la vida del espíritu necesitaban el
carisma de un personaje que diese sentido y originalidad a no pocos
movimientos creativos que bullían en la testa de algunos almerienses
notables. En aquel fenómeno social de la posguerra, la vida y la obra
de D. Juan Cuadrado, de Celia Viñas y de una planta de pintores jóvenes
removían nuestra estampa, tradicional y pacífica. El Museo Arqueológico,
creado por Cuadrado, la Biblioteca Villaespesa, dirigida por Hipólito
Escolar, y el Periódico «Yugo», en manos de Molina Fajardo,
polarizaban las ideas que nacían, se quemaban y resurgían con la
fiebre de un movimiento revolucionario. Perceval, desde su taller de
escultura, encendió la antorcha. Aportó entonces su singular
persona, con recursos propios, carismática y convocante. En sus cenáculos
de la Granja Balear se encendía la lumbre de su palabra: nacían
ideas nuevas, a veces extrañas y muy raras, pero, con frecuencia,
chispeantes y profundas.
No importaba teorías, ni repetía fórmulas. Tenía luz propia y era
alergico a los tópicos. La gente, por eso, admiraba su peculiar
estilo humano. Con la vida, el arte y el humor hacía enjuagues
fabulosos. Los que tenían acceso a sus círculos quedaban ofuscados
ante un personaje que, al menos, no se rotulaba con los fondos comunes
de la gente de la calle. Su estatura humana era de élite, no aristocrática
o de sangre, de la que podía presumir, sino espiritual y profunda.
Defendía la teoría, según la cual, la creación artística no es
producto de la masa, sino patrimonio de pocos. La cultura para él, de
acuerdo con su herencia d'orsiana, descansa en la obra bien hecha.
Bartolomé Marín
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