AÑO I  - Nº III

              

Jesús de Perceval (Almería1916-1985)

 

El Gran Olvidado

Probablemente haya sido el mejor pintor que ha dado nuestra tierra y sin embargo, todavía no ha tenido el reconocimiento que merece.

                                                                                                                  Jorge Kaplan.

El Estado nunca nos apoyó, el gobernador no hizo nada por  nosotros, sino que aprovechó nuestras ideas (la pro- puesta de creación de una biblioteca y sala de pintura). Los indalianos estábamos considerados como gente pe- ligrosa y enemigos del  régimen; parte de los pintores  tenían familiares en el otro bando y algunos de los es- critores habían sido perseguidos.              

Palabras sostenidas por Jesús de Perceval en una        entrevista de la revista "Andarax" nº 25.






Todavía se espera en el mundo artístico almeriense que se le haga un verdadero homenaje de recono- cimiento a este gran artista, que tanto paseó en vida el nombre de Almería por todo el mundo y no lo que se ha hecho hasta ahora, montajes y más montajes insignificantes, que sólo han servido  para lucimien- to y lustre de otros artistas contemporáneos a Jesús de Perceval y que también supieron aprovechar el movimiento que fundó. Su obra se encuentra muy dispersa, pero alguien debería coger el toro por los cuernos y montar una gran Exposición retrospectiva.

 

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 Sumario 

   Jesús de Perceval

      [1] [2] [3] [4]

   Artistas Almerienses

   Almería cultural

   Monográfico "Ibáñez"

        [1] [2] [3]

   Rincones de Almería

   La Netro Cultural

   Tiziano Vecelio

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 NOTA DE LA REDACCIÓN

Posteriormente a la pu- blicación de este Nº,  se le tributó a Perceval una Exposición retros- pectiva en Almería.  Nos congratulamos de ello.

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Perceval "Familia del Pintor"

                                  Un Mediterráneo puro

Tenía pasión de protagonismo en las aventuras culturales. En Perceval resultaba una sana ambición. Era distinto y actuante con la palabra. Ávido, como un milano, para intuir ideas; desmoronaba montajes falsos y construía teorías. Era descaradamente crítico.

En esta era de dominios masivos, en la cumbre de la materia, Perceval representaba el modelo de un viejo patriarca, ocupado en los fueros de la cultura, patrimonio del espíritu sin la suerte de la ganancia. Nunca ocupó un cargo importante. Recuerdo que un día, atizado ya por la enfermedad, le dije, en un clima de amistad, que debía renunciar a sus pequeños egoísmos. Yo me refería a sus dominios en el mundo social del arte, que él había aparejado. Mi juicio, tal vez apresurado, le causó tristeza. Tenía razón. Ni el dinero, ni los poderes, ajenos al arte y la cultura, tenían vigencia en su perímetro vital. Sin pensar mucho en la elocuencia de este dato, habrá que decir que este humanista notable ha muerto con poco dinero.

Sus estructuras humanas y sociales eran muy simplificadas. Tenía vestigios de prehistoria, diseñados dentro de un formato social de tribu. Algo de esto tenían los indalianos. Por aquí andan las raíces del «Indalo». No es el «Indalo» una creación casual, gestada en un momento histórico, en el cruce de una serie de circunstancias propicias. El «Indalo» es el alma de Perceval. Yo dije siempre que era uno de los ejemplares vivientes más significativos de la cultura mediterránea, extrañamente anclado en la vieja Urci, el recorte costero más puro del occidente.

Hablaba mucho, pero sabía escuchar. Sus dominios intelectuales nacían de un clima de «asombro». Si algo estimulaba sus antenas interiores lo envolvía en un lenguaje de belleza o de misterio. Jamás, junto a Perceval, se originaba un diálogo, desde la frialdad de premisas puras. Era un griego cabal. De ahí se organizaron sus ojos redondos, como mundos pequeños, y su labio caído, boquiabierto, arropado con el desastre anárquico de su bigote. Se enbobaba como un místico, pero con vetas paganas. Era un independiente integral. Los presocráticos y el mismo Sócrates y Platón reverdecían en su figura original.

Sus tertulias de café, atizando ideas, eran rescoldos, en estos parajes, soleados y calientes, de los viejos periplos del Mediterráneo.

Bartolomé Marín Dr.en Filosofía y Letras Miembro C.en la Real Academia de Córdoba  

          Los Orígenes

Cuando nacía el Movimiento Indaliano en la década de los cuarenta (1945), muchas  circunstancias se daban cita para crear una situación nueva. La pintura, la creación literaria, la investigación histórica y otros aspectos de la vida del espíritu necesitaban el carisma de un personaje que diese sentido y originalidad a no pocos movimientos creativos que bullían en la testa de algunos almerienses notables. En aquel fenómeno social de la posguerra, la vida y la obra de D. Juan Cuadrado, de Celia Viñas y de una planta de pintores jóvenes removían nuestra estampa, tradicional y pacífica. El Museo Arqueológico, creado por Cuadrado, la Biblioteca Villaespesa, dirigida por Hipólito Escolar, y el Periódico «Yugo», en manos de Molina Fajardo, polarizaban las ideas que nacían, se quemaban y resurgían con la fiebre de un movimiento revolucionario. Perceval, desde su taller de escultura, encendió la antorcha. Aportó entonces su singular persona, con recursos propios, carismática y convocante. En sus cenáculos de la Granja Balear se encendía la lumbre de su palabra: nacían ideas nuevas, a veces extrañas y muy raras, pero, con frecuencia, chispeantes y profundas.

No importaba teorías, ni repetía fórmulas. Tenía luz propia y era alergico a los tópicos. La gente, por eso, admiraba su peculiar estilo humano. Con la vida, el arte y el humor hacía enjuagues fabulosos. Los que tenían acceso a sus círculos quedaban ofuscados ante un personaje que, al menos, no se rotulaba con los fondos comunes de la gente de la calle. Su estatura humana era de élite, no aristocrática o de sangre, de la que podía presumir, sino espiritual y profunda. Defendía la teoría, según la cual, la creación artística no es producto de la masa, sino patrimonio de pocos. La cultura para él, de acuerdo con su herencia d'orsiana, descansa en la obra bien hecha.
                  

                     Bartolomé Marín

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