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Pepe Plaza, pintaba lisa y llanamente, entre grafismos acordados, cual gentileza natural, haciendo del paisaje un austero ensimismamiento del color
La calma, el silencio, la unidad interior quedaban, en este pintor, estéticamente intactas. Porque
eran su quehacer esencial. Y lo presento así, potenciando estos valores de hondura sobre los de superficie, porque el paisaje de Almería, libre de gruesas cales y argamasas sustentadoras de efectos, son la autenticidad misma.
Nuestro pintor delimitaba estas impresiones con grafismos suficientemente controlados.
Plaza, hacía que sus grafismos discurrieran bordeando las tonalidades más acusadas, y no de manera impremeditada y caprichosa, sino amoldándose a las exigencias de cada plano.
Parecía que dibujaba estos grafismos para, con inclinación a la ruina o en recto rejuvenecimiento, hacer un psicológico tratamiento de cada paisaje. Algo cabal a sus ojos, a su afán labrador de colores. Y también, claro está, a los nuestros.
Luego ocurre, operando a la distancia debida, como de memoria abierta a las luces, que esos mismos grafismos se pierden por las esquinas de nuestros ojos, sin dejar que puedan trasvasarse en sueños, pero haciendo incunable el sitio, la intensidad, la vibración, el doble sentido de la realidad.
Y pues Almería, paisaje, ser de contrastes, era tratado por Plaza en doble dimensión, con valores duales para la grafía plena o invisible, pongámonos ante sus cuadros en el mismo punto de amor y coincidencia que
lo hacía el artista: en cercanías del misterio, alejados de la realidad y admiramos, luego, de lo contrario.
Este gran pintor, que supo poner ideas en acción, programarlas y resolverlas con técnica admirable,
logró hacer de esta Almería nuestra como un acotado signo de singular e inédito encanto.
JOSÉ ANDRÉS DÍAZ. Crítico de Arte
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