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APARICION
DEL APOSTOL SAN PEDRO A SAN PEDRO NOLASCO (33 K) Francisco de Zurbarán (1598-1664) Oleo sobre lienzo: 1,79 x 2,23 mts. Pintura Española (S. XVII) El desarrollo de la obra pictórica de Francisco de Zurbarán estuvo esencialmente centrado en representar el mundo religioso de las diversas órdenes monacales. En el año 1628, Zurbarán recibió un encargo para decorar el claustro del convento de la Merced Calzada de Sevilla; se trataba de pintar una serie de obras con las historias de la vida de San Pedro Nolasco, fundador de la orden. Los dos lienzos de este ciclo que se conservan en el Museo del Prado son la "Aparición del apóstol San Pedro" y la "Visión de San Pedro Nolasco". Pedro Nolasco, oriundo de la ciudad de Carcasone, vivió desde finales del siglo XII hasta mediados del siglo XIII. Su vida intensa lo llevó a participar en la cruzada contra los albigenses y, posteriormente, a ofrecer sus servicios al rey Jaime I de Aragón. En Barcelona fundó una orden religiosa, la de los Mercedarios, bajo la advocación de la Virgen de la Merced. Esta orden estaba dedicada, en sus comienzos, a la liberación de los cristianos que habían sido hechos prisioneros por los moros durante la época de la Reconquista. Su máxima aspiración era viajar a Roma para poder visitar la tumba del apóstol San Pedro. Como el tiempo transcurría y su deseo no era satisfecho, el propio apóstol se le presentó en su celda bajo la aparición del martirio que sufrió en vida, es decir, crucificado hacia abajo. En otra ocasión tuvo en sueños la visión de la "Jerusalen Celeste". Zurbarán para representar la Aparición de San Pedro excluye cualquier elemento que pueda distraer la atención del espectador. El esquema compositivo está centrado solamente en los dos personajes: el apóstol y el santo. Ambos están completamente iluminados; el resto del espacio queda vacio en la penumbra. La iluminación proviene del prodigio acaecido: es una luz cálida que baña la escena de las dos figuras. Esta luz difusa le permite recrearse en las calidades táctiles de los tejidos, tanto en el hábito admirable que viste el fraile como en el paño de pureza del apóstol. En esta escena silenciosa, la actitud respetuosa y de asombro del santo arrodillado contrasta con la postura tensa e insólita del apóstol en su martirio. |
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